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La moda es caminar

Flâneur Historia-Consciencia. Ilustración ©David Rossell

El hombre moderno es en el intervalo en que, de camino a algún sitio y con más o menos esfuerzo, escapa de sus resignaciones. Es el tiempo de dar descanso a toda razón u obligación de compromiso y el tiempo en que el yo primario, o lo que llamaríamos “receptividad” –si ha sido convenientemente educada y sólo así−, se descubre, dejando al sujeto de tal liberación en un sitio de gran expectación. Si no, si se le obstaculiza el paso hasta ese descubrimiento de verdad menuda, pequeña, desde el que armar su lógica cotidiana, a donde tenga que llegar llegará de manera ordenada, exacta y logrará nivelarse.

 Las puertas del redil se cerrarán a su paso para regocijo del pastor.

Ese tiempo de descanso de la razón, si, como decimos, logramos acceder a él, es un espacio “vacío” que concita expectación, pero no sólo; obliga a una extroversión interna, a un entusiasmo íntimo –físico, orgánico− que, es probable, causará cierta desorientación respecto del entorno. Como si se fuera a bordo de un avión o en el metro; uno de pronto advierte que está en un punto distinto del punto desde el que inició el viaje, pero del “durante” no se ha generado ninguna experiencia en relación con el exterior. Algo así tratamos de ilustrar aquí, solo que en el paso ensimismado, receptivo, público, en la superficie o bajo tierra, en ala delta o patinete, la experiencia que se genera es siempre hacia dentro y a validar sólo por uno mismo. Ni se pone en común del mismo modo en que, por ejemplo, dos personas se comunican detalles una a otra sobre un atropello del que acaban de ser testigos, porque el destinatario es solamente uno, ni sirve al mismo propósito –en la extroversión hacia dentro se afianza no una comunicación material con un propósito social, sino una manera de mirar el mundo en la que interviene la dimensión volitiva del sujeto−.

Entonces tenemos el momento de felicitarnos, continuar a zancadas la inconsciencia del paseo –si es sin rumbo fijo y sin prisas mucho mejor−, ajustarnos a la piel el cuello de la chaqueta en una tentativa de calentarnos, mirar en dirección al suelo y ver pasar veloces los zapatos, increíble ver pasar veloces los zapatos mientras un poco más arriba dirimimos aspectos sobre la finitud del verano o de la propia vida; cruzamos la calzada con riesgo de atropello, somos dudosos en las miradas a intercambiar con nuestros semejantes, conscientes en la afectación del abrigo de tweed que nos significa, estamos eléctricos, desprevenidos, no hay idea sin su par, intuición sin atender, exabrupto sin acentuar. Es así que distanciamos las resignaciones y somos, llegamos a ser. Qué duda cabe de la importancia de los cueros con que abordamos nuestra calle favorita –el paseo es direccional y nunca nos perdemos, por mucha ensimismación que traiga el tirón flâneur− y la confianza que un reflejo favorecedor nos confiere en el espejo más inesperado –¡con este atuendo hoy estoy arrebatador/a!−; son contraluces que fomentan con más aplauso nuestra liberación, emancipación, y son naturales, porque lo son: afectaron y afectarán invariablemente a todas las personas y épocas.

Pero cuando por fin nos obligamos a desmontar tanta comodidad −porque llegamos al lugar pensado, porque alguien nos detiene y nos habla, porque nos suena el teléfono y no tenemos más remedio que contestar− también se aprende, de vuelta de esa travesía interior y figurativa, y ante la imposibilidad de sistematizar una vida en semejante plenitud –seguiré insistiendo en que la autonomía, a mis ojos, tiene aspecto de hermandad prerrafaelita−, que la mejor contraparte para el mantenimiento de una vida de desganada y plácida fantasía, es atraerse a las ropas alguna mota de cruda realidad, por mejor desperezarse después de tanta puerilidad impregnada en tantos sitios –como sociedad es nuestra mejor firma−.

Ya dijo Ortega, más o menos, que el prestigio ganado en un combate evita otros muchos. Bien, pues, hagamos moda de cada despertar a la imaginación, y a las resignaciones démosles así con la mano cuando las sintamos parientes.

 

Martín Parra.

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Martín Parra

Redactor Jefe en Byron Magazine.
Shasèl Brand Ambassador.

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