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Buscadores de belleza
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Martín Parra

Redactor Jefe en Byron Magazine.
Shasèl Brand Ambassador.

Buscadores de belleza
Los placeres esdrújulos

He llegado hasta esta calle de la Concordia, la que mejor nos abarca a mí y a mi monocorde gusto por el barroco −barrial y preciso−, porque recuerdo el mismo trazado de tantas veces; de pies no se cambia tan fácilmente y los pies tienen su memoria. Esto es normal.

Normal es, también, que habiéndome planteado escribir, a la manera en que se escriben los artículos de moda, un pequeño reportaje acerca de la proliferación de negocios multimarca a mi alrededor –no necesaria y exclusivamente de ropa de domingo− y del cierre de otros tantos de carácter familiar/tradicional, yo me encuentre aquí, paseando estos límites, con la libreta en la mano y la lupa de las excepciones.

Normal, ¿no?

Visto esto así, yo debería distender el bolígrafo y el cuerpo, como único recurso aún de escritor gozoso, enfrentarme al tema crucial de este artículo sin cambiar mi postura, sin destruir el discurso pretendido, “yo creo aún en hacer un monográfico sobre tiendas de ropa usada o mismamente de la mercería que ordena bragas y ropa laboral en su escaparate”, porque a veces para mejor llegar a esa felicidad que está caída en medio de la calzada lo que hay que hacer es señalizarla, trazar en torno a ella un cordón protector y decirle a los que amenazan tropezarla que es tuya.

“Es mía” como respuesta a todo porque si me detengo a pensar hondamente en el fenómeno de desplazamiento de la vida que aquí antes latía, de la popularidad por ejemplo de lo de los Córdova, con uve, “Sastrería. Casa fundada en 1898”, a pensar en la imagen renovada de un domingo absorto sin metafísica ni política enfundado en un buen traje; si me detengo y rebusco en esta variante cruel de la vida corriente –los zara los h&m los massimo dutti y hasta los primark−, a la felicidad va a cogerla un coche y ese instante congelará mi mueca en una expresión altamente estética –de un estetismo póstumo−. “Yo quiero ser feliz”, escribo al inicio de la segunda página, apoyado en el capó de un nissan Juke que parece un coche de los de antes que se

hubiese chutado esteroides. ¡Pero es que no va a haber gesto que yo haga al que acompañe la más mínima armonía de formas! Yo quiero ser feliz y los pies, a través del revés comercial de tiendas sin alma, de expositores franquiciados, ejercen su sentido de propiedad y pertenencia, llevándome automáticamente por el ajedrez de calles menos interrumpidas, cuya vida menos se ha desromantizado –y, para mí, hasta deserotizado; había algo erótico en el paseo por entre tiendas pergeñadas con buen gusto−; así su deseo de perpetuidad de lo antiguo, así mis pies, a los que, desde el final de esta calle de la Concordia y vuelto sobre los hombros en una especie de escorzo horrorizado e irracional –los locutorios; los tres o cuatro locutorios que tenemos en la misma calle, con sus roñosos neones: lo que más me agrede−, yo felicito.

Felicito a mis pies por su buena memoria. ¿Cuánto de normal en esto?

Son buscadores de belleza.

 

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